Primer Derecho Fundamental

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Los sábados, me apunto.

Ella y él.



Leía la prensa en un agradable café. Una chica joven hablaba con su novio en la mesa de al lado. Discutían sobre si era conveniente seguir con el incipiente embarazo. El decía que era una locura. Ella quería continuar adelante. El argumentaba una retahíla interminable de inconvenientes. Ella le miraba angustiada porque todavía no había tomado una determinación. El hablaba del amor de los dos y lo bien que estaban juntos. Ella callaba teniéndoles muy presentes a los dos. El la cogía de la mano mientras apuraba el capuccino, con cierto aire indiferente.

Ella, levantando la vista, miró a través de él. Y un brillo especial en sus ojos me hizo comprender lo felices que iban a ser los dos, madre e hijo, cuando todo aquello terminase.

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Soledad de amor.



Hoy he soñado que estaba solo.

Hoy no existía nadie que no fuera yo, en ese paisaje desdibujado por la bruma. Los que hoy quiero, deambulaban ajenos a mi, y no eran más que un lejano recuerdo. Dios tampoco estaba allí, en mi particular infierno. Procuraba afanarme en mis tareas, pero todo se volvía repetitivo e incoherente. Llenaba mi vida de distracciones, emociones, experiencias que cumplían rápidamente con el objetivo de la satisfacción inmediata. Argüía cábalas y lógicas matemáticas. Filosofaba y delimitaba la ética de mis acciones y pensamientos. Mataba el tiempo con jeroglíficos indescifrables.

Y nada podía cubrir la angustia de mi soledad completa. Ninguna realidad, por estructurada y convincente que pareciese, podía esconder el rostro de mi alma al contemplarme en el espejo, porque sólo eran mis ojos de hielo quienes devolvían la mirada.

Hoy he soñado en mi soledad, la que no ama.

La que alimenta mis ratos vacíos con el ruido de la lluvia en los cristales. La que señala con el dedo, para su beneficio. La que alarga sus tentáculos de miedo para envolverme en la rutina de las cosas, siempre que sean mías. Vivir con esa soledad, sin amor, es mejor que no tenga trascendencia. Resulta más convincente no dejar huella, y pasar rápido el mal trago de la vida, porque nada te sostiene, más que el azaroso palpitar del tiempo en tus venas.

Y al despertar, he visto al Amor sentado al borde de la cama, velando mi sueño. Con las manos abiertas, me ha enseñado a aquellos que forman parte de mi vida, las personas que me quieren y quiero. Los he reconocido de nuevo, rodeándome. Y he sentido como el Amor bailaba con nosotros hasta disipar la niebla.

Un beso en el aire.


Y al ver que cruza sin prisa la tarde,
empieza el recuento de los minutos vacíos,
que gasté amasando perezas y amarguras,
que maté condenándome a vagar en el olvido.

Y miré atrás, allá en el fondo del valle;
desde lo alto, miríadas de pueblos antiguos;
sendas ocultas entreveradas de hermosuras,
al margen de mi vida; ya fuera de mi camino.

Así, desde mi montaña cubierta ya de nieve
oteo el horizonte de mis pasos perdidos.
Dejo el atardecer con nubes de levadura,
y un beso para ti en el aire, amor mío.

Tesoros menudos.



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- Ya me diréis, enanos, para qué hacéis un agujero en la arena.
- Vamos a esconder uno de nuestros soldados de juguete.
- Pero si nos vamos en cinco minutos..
- No importa.
- No esperéis encontrarlo después en la inmensidad de esta playa..
- Ya, pero a lo mejor luego lo encuentra alguien, y dirá..

¡¡Menudo tesoro!!

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Ahora, entre nosotros, por la paz de Dios, ahora, entre nosotros, se puede contar la verdad: ya hay fuerza para echar raíces, y bondad para hacerse viejo. Al fin hemos encontrado cosas en común, y al fin, un acuerdo y un credo, y ahora yo puedo escribir sin riesgo, y tú, también sin riesgo, puedes leer. G.K.Chesterton.