Primer Derecho Fundamental

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Los sábados, me apunto.

Un ratito para mí.




Un ratito para mí. Breve, porque sé que a la vuelta de la esquina volverán atropellados, con el corazón en la boca. Y el flequillo sudoroso por el esfuerzo. -Decidme, hijos, que hoy tengo poca paciencia-. Papá, dame pan para las palomas..¿Qué será la paciencia para un crío mas que una palabra de relleno con un significado difuso? Les digo todo el rato que esperen, aunque muchas veces pienso que se aguanten. Un ratito para mí. ¿Cómo pretenden que me concentre? No hay forma. Con lo aburrido que sería tener niños-adultos que comprendan las deseos de sus padres! Os estáis portando fatal. ¡Dejad de perseguirlas, que os váis a caer!! Algo debo estar haciendo mal. No sé dónde ha aprendido aquello que oí de sus labios el otro día. Quizá una mañana corriente, como hoy, despierte dándome cuenta que este laberinto de voces que interrumpen mis pensamientos, se ha acabado. Y en mi casa vacía, ya no tendrá sentido buscar un ratito para mí.

Me veo sentado en el poyete del parque, dándo de comer a las palomas.

Raíces.


Sí, a veces quiero escapar y perderme de nuevo en aquel lugar. Volver a recorrer despacio los senderos de mi vida, ajeno a las miradas del pasado. Y ver a Dios en los primeros rayos de sol cuando se filtra entre las hayas, en un tamiz perfecto, por un segundo que dura ya muchos años. Ahora ya hay profundas huellas en el camino, en una senda que otros han pisado; el bosque que yo creí que existía solo para mí, ha cambiado.

Dios lo ha moldeado.

Las palabras prohibidas.(1)



Me gustaría coleccionar en mi pequeño blog palabras prohibidas. Palabras que han sido seleccionadas cuidadosamente para ser vaciadas de contenido, y arrojadas al cubo de lo políticamente correcto por la progresía dominante. Palabras poseídas por algún tipo de virus neurotóxico que expele al que se atreve a pronunciarlas una especie de sarpullido intelectual. Empiezo con una muy especial, que a muchos les suena a conglomerado de inquisición y arqueología, a oscuridad, prejuicio y superstición; a sotana y catacumba. Aquí la presento, desnuda para que la dilapiden: castidad.

Ciertamente es una palabra prohibida, en cuanto a lo que muchos creen que significa. Tan sólo es la capacidad del hombre para ordenar el deseo de placer sexual. El amor, la fidelidad, la templanza, la libertad y la felicidad, se convierten en palabras controvertidas, o incluso prostituidas, cuando acompañan de la mano a la castidad, pues el significado de cada una de ellas se trivializa hasta convertirlas en sentimientos inconexos y vacíos, ajenos a la voluntad. Algún grácil y distinguido lector puede defender que el puro intercambio de fluidos para conseguir placer debe ser exprimido al máximo, explotando todas las alternativas imaginables. Eso mismo le ocurre a la industria y comercio que nos rodea: hay un inconmensurable negocio que mueve miles de millones de euros en contra de esta palabra. Es más, a la industria le daría igual que esos estímulos fisiológicos se dieran, en vez de localizado fundamentalmente en los aparatos genitales, en la nariz, el cielo del paladar, o en los petrosenos superiores de la hipófisis. Adaptarían rápidamente sus instrumentos para focalizar el núcleo del placer, trivializando el resto para convertirlo rápidamente en un artículo instantáneo de consumo, en aras de satisfacer el instinto.

Multitud de empresas irían a la quiebra si la castidad fuese percibida como algo saludable, racional y específicamente humano. Imagínense ustedes las farmaceúticas y laboratorios si todo el mundo comprendiese e hiciera suyas las enormes ventajas de la castidad: hombres y mujeres planificando sus apetencias de forma ordenada, sin contagio ni contagiar; nada de condones, ni profilácticos, ni pastillitas, ni tratamientos. ¿Acaso creen las mujeres que todos estos recursos a plena disposición les han liberado de algún tipo de esclavitud? ¿No será al contrario? Es seguro que se reducirían drásticamente el número de abortos, y las enfermedades de transmisión sexual, como el SIDA, y posiblemente bajase un porcentaje extraordinario la demanda de anxiolíticos y antidepresivos porque ya no habría consecuencias psicológicas ni SPA.

Tan sólo con que la palabra prohibida -castidad- fuese comprendida en su verdadera dimensión, los hombres y mujeres serían con toda probabilidad más felices, verdaderamente dueños de su cuerpo en relación a sí mismos y con los demás, y conscientes de que el instinto es una parte más de su humanidad, tan importante como su inteligencia o su voluntad de amar.

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Ahora, entre nosotros, por la paz de Dios, ahora, entre nosotros, se puede contar la verdad: ya hay fuerza para echar raíces, y bondad para hacerse viejo. Al fin hemos encontrado cosas en común, y al fin, un acuerdo y un credo, y ahora yo puedo escribir sin riesgo, y tú, también sin riesgo, puedes leer. G.K.Chesterton.