Primer Derecho Fundamental

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Los sábados, me apunto.

Como un pajarillo.



No recuerdo la primera vez que te respondí.

Sí sé, con toda seguridad, que ibas preparando el camino. Te aliaste con mis padres para ir allanando el terreno, y poco a poco, empecé a oír hablar de ti. También el círculo donde me desenvolvía ayudaba a buscarte. Pero no fue hasta que, en silencio, puse coto a todo lo que me habían dicho, y lo enfrenté a mi corazón. Allí, en lo más íntimo, fue cuando te diste a conocer y miré más allá de las palabras, más allá de mis costumbres y circunstancias; y desde entonces, soy como un pajarillo al que vas alimentando, miguita a miguita, con cuidado; probablemente porque mi pequeña alma podría atragantarse si me dieses una ración de más.

Empecé a verte en la belleza de las cosas. Comencé a desentrañar los vericuetos por los que discurre tu economía. Aprendí a confiar en ti. Y tú me dabas exactamente aquello que necesitaba, aunque no coincidiera en absoluto con lo que yo había planeado. Y tú me diste, me diste, me diste a lo largo de toda mi vida, sin yo merecerlo.

Encendiste una llamita imposible de apagar. En mí dejaste un rescoldo, unas brasas que de vez en cuando se avivan, y otras veces languidecen esperando una respuesta mía para no desfallecer. Así de egoísta soy, que sólo respondo cuando viene bien, por más que me propongas seguirte radicalmente. Sin embargo, intuyo lo que podría llegar a ser, por el ejemplo de esas personas que son fuego, arden de gozo y se consumen consagrándose en tus caminos.

Yo soy cobarde, soy débil.., pero siempre vuelvo, en los puntos cardinales de mi vida, cuando siento que desde algún punto concreto, nada volverá a ser igual; siempre vuelvo, porque una vez te dije que sí, y todo mi ser está configurado íntimamente para seguirte. Algunas veces siento que estoy sostenido, como cuando mi hijo de meses despierta asustado por una pesadilla, y yo le recojo y le mimo, y en el fondo de sus ojos veo al mismo tiempo el miedo a lo desconocido y el consuelo de mis abrazos... ¿Qué no harás Tú conmigo!

Siempre vuelvo, cayendo y levantándome, porque Tú eres la referencia cierta que yo elegí, y no cabe vuelta atrás: sólo rogarte y pedirte que acrecientes mi fe para poder cambiar el mundo, como un pajarillo al que vas alimentando, miguita a miguita, hasta que pueda volar.

Podéis verlo como yo.



Ahí le veis, encorvado por el peso de los años; en una mano el bastón y en la otra un ramillete de claveles blancos. Ahí le estáis viendo, cómo camina trabajosamente entre el laberinto de mármol, flanqueado por un mar de cruces erguidas y cipreses melancólicos.

Ahí está, ya ha llegado. Mirad cómo se quita el sombrero con respeto; ahora posa su mano en la lápida, y acaricia levemente la inscripción de la fría piedra; cómo quita el polvo, cómo deja a un lado en un pequeño jarrón de barro las flores frescas, sustituyendo las ajadas por el paso del tiempo. Mirad cómo susurra y reza, cómo dispone su frágil cuerpo para acomodarse un rato, a su lado.

Recuerda los buenos y malos momentos que tuvieron que pasar juntos; pero sobre todo echa de menos los largos días en los que parecía que nada pasaba, pero todo ocurría. Esa rutina que los hizo indestructibles, en las que los defectos de cada uno se limaban, ajustaban como piezas sensibles de un gran mecano. Recuerda el principio, cuando todo era pasión y bellos sentimientos. Recuerda también cuando los sentimientos dejaron paso a la férrea voluntad de amar. La rueca de la vida siguió girando, y a partir de ahí, entre alfileres, hicieron una madeja tupida que no se quebró hasta la muerte de ella.

Ya no se queja, se ha acostumbrado a visitarla todos los primeros días de noviembre, cuando ya las tardes caen deprisa y el frío cuaja las gotas de lluvia. Al principio fue difícil, después de toda una vida compartida. Cuando ella murió, él se convirtió en un fantasma, y deambulaba entre las cuatro paredes de su casa, esperando encontrarla detrás de las esquinas. La angustia y desesperanza dejó paso al dolor, y un día el dolor le dejó exhausto, llegando la tristeza como un manto que abarcaba todo. Con los años, supo aprender a vivir en soledad, pero en la soledad compartida de aquel que sabe rezar.

Él nunca pudo decirla adiós. Como esta tarde, siempre se despide con un hasta luego. Mientras tanto, él habla de cómo van las cosas desde que ella no está; habla de sus hijos, de cómo van los nietos; cuenta una por una las historias que le llegan de paso, y se lamenta de no poder afrontar con ella todo lo que le ocurre. Podéis ver cómo ahora se levanta y se santigüa; cómo recoge su sombrero y se lo cala hondo, hasta ser de nuevo una sombra que gira sobre sus pasos, y recorre de vuelta el camino que se pierde más allá de este camposanto.

Sí, podéis verlo como yo: él sigue amando. Os lo dice aquella que escucha sus oraciones y sabe cómo es su corazón. Os lo dice aquella que no espera, porque ya ha llegado. Os lo dice la que ha muerto, igual que vosotros, y anhela encontrarse de nuevo con él, su amado, antes de vivir para siempre.

Feliz día de los Fieles Difuntos.

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Ahora, entre nosotros, por la paz de Dios, ahora, entre nosotros, se puede contar la verdad: ya hay fuerza para echar raíces, y bondad para hacerse viejo. Al fin hemos encontrado cosas en común, y al fin, un acuerdo y un credo, y ahora yo puedo escribir sin riesgo, y tú, también sin riesgo, puedes leer. G.K.Chesterton.