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Un beso en el aire.

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Y al ver que cruza sin prisa la tarde, empieza el recuento de los minutos vacíos, que gasté amasando perezas y amarguras, que maté condenándome a vagar en el olvido. Y miré atrás, allá en el fondo del valle; desde lo alto, miríadas de pueblos antiguos; sendas ocultas entreveradas de hermosuras, al margen de mi vida; ya fuera de mi camino. Así, desde mi montaña cubierta ya de nieve oteo el horizonte de mis pasos perdidos. Dejo el atardecer con nubes de levadura, y un beso para ti en el aire, amor mío.

Contraluz

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Hoy el mundo está lejos, encuadrado por el marco de la ventana. Apenas se nota el rosal a un paso del alféizar, suspendido como un torrente de lágrimas rojas. Al fondo, callejones largos y rectos anuncian el comienzo del camino. Y más allá de las montañas, invisible frontera, habrá más mundos e infinitos caminos; más callejones largos y rectos sumidos en sombras; un rosal desde la ventana, y alguien observando a través de ella, preguntándose -en celosa intimidad- la mejor manera de encuadrar sus cosas. Y al contraluz de la vida.. pétalos, hojas, espinas y lágrimas rojas.

Perdido.

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Hay un lugar escondido en una sierra del Norte de España al que suelo acercarme siempre que la ocasión lo permite. Abarca unas 5000 hectáreas de robles, hayas y pinos, en frondosa discontinuidad. Cada valle es una sorpresa única e irrepetible, cada senda una invitación a explorar siempre más allá. Tienen nombres sus recodos: la Fuente del Charco, cuya agua proviene de los remotos y serpenteantes vericuetos del subsuelo montañoso; el Haya del Búho, centenario árbol hueco, enclavado en la cúspide del bosque, dominando desde sus ramas ya secas el latido silencioso del valle; las Lagunejas, islas de reposo para los jabalíes y corzos que pueblan las angosturas, susurrando querencias nocturnas; el Roquedal del Musgo, el Camino de las Caballerías, el Sendero Viejo, el Roble Blanco...