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Espectáculo de Amor.

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Hace unos días asistí de nuevo al espectáculo de la vida. Mi hija Beatriz acababa de dar otro pasito en su evolución como miembro de este mundo nuestro, naciendo. Es inútil disimular el nudo en la garganta y las lágrimas en los ojos al ver tal explosión de vida, en el justo momento que el bebé sale del vientre materno; y sin embargo, en nada se diferencia por su naturaleza cinco minutos antes, ni cinco días, ni cinco meses. Tal criatura está y estaba allí, esperando llegar a la luz del mundo. A nadie puede dejar indiferente ser testigo de un parto, y mucho menos si la personita que está naciendo es tu propio hijo. La mezcla de emociones es muy intensa; se me hace complicado describir con palabras los minutos de lucha, dolor, amor y esperanza: mi mujer sudando, empujando, exhausta del esfuerzo, con su mano apretada entre las mías hasta la última contracción.. Y ahí mi hija, aterida de frío, recién nacida, llorando para respirar, respirando para vivir. Inmediatamente madre e hija se fund...

Como un pajarillo.

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No recuerdo la primera vez que te respondí. Sí sé, con toda seguridad, que ibas preparando el camino. Te aliaste con mis padres para ir allanando el terreno, y poco a poco, empecé a oír hablar de ti. También el círculo donde me desenvolvía ayudaba a buscarte. Pero no fue hasta que, en silencio, puse coto a todo lo que me habían dicho, y lo enfrenté a mi corazón. Allí, en lo más íntimo, fue cuando te diste a conocer y miré más allá de las palabras, más allá de mis costumbres y circunstancias; y desde entonces, soy como un pajarillo al que vas alimentando, miguita a miguita, con cuidado; probablemente porque mi pequeña alma podría atragantarse si me dieses una ración de más. Empecé a verte en la belleza de las cosas. Comencé a desentrañar los vericuetos por los que discurre tu economía. Aprendí a confiar en ti. Y tú me dabas exactamente aquello que necesitaba, aunque no coincidiera en absoluto con lo que yo había planeado. Y tú me diste, me diste, me diste a lo largo de toda mi vida, s...

Razonamiento Teológico.

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Miguel, -5 años-, con sus ojos azules exigiendo respuestas.. Papá, si Dios con una palabra suya puede salvarnos.. ¿Qué pasará cuando nos diga una frase enterita?

Como yo.

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Hoy has dibujado con el lápiz un gran árbol gris en tu cuaderno. Y como es otoño, has pintado las hojas cayendo suavemente.. ¡Qué bonito, hija!, ..y tú me has contestado sonriendo, mientras señalabas el árbol y las hojas grises: ¡Es como tú, Papá! Sí, hija mía, como yo...

Cumpleaños Feliz.

Amigo mío, ¿Cómo puedo describir lo que he aprendido de ti todos estos años? ¿Cómo responder de forma adecuada a la riqueza de pensar de forma diferente, de aprender a sentir de forma distinta, de valorar cosas que por mi mismo hubiese sido incapaz de valorar? ¿Qué regalarte en la medida que me has regalado? ¿Cómo llegar a premiar el recorrido de amistad a lo largo de treinta años? ¿Cómo voy a ser capaz de agradecer tus silencios en los momentos de angustia y el placer de compartir mis alegrías cuando la vida me ha sonreído? Eres tú, en el día de tu cumpleaños, quien nos hace a los que te queremos un gran regalo. Porque es Dios, con tu nacimiento, el que ha repartido entre nosotros el don y el privilegio, indispensable para mi, de hacer camino a tu lado. Un fuerte abrazo, querido amigo.

Acción de gracias.

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Ya es. Ya crece. Ya podemos ponerle nombre. Ya soñamos transcurrir su vida entre páginas todavía no escritas. Aquí tiene un hueco para él, en el apretado mundo de su familia. Un lugar donde se le querrá por lo que es y no por lo que vale, y se desarrollará hasta que se convierta en lo que quiera. Un ruego que es oración: Dios le dé fuerza y coraje para llegar a ser una persona digna del don que ha recibido; ante todo, que sea bueno/a: lo demás, vendrá por añadidura. Y gracias, Señor, por el anuncio del próximo nacimiento de nuestro quinto hijo.

Breve cuento de un regalo.

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El sanitario de guardia se lo había advertido: es posible, señora, que haya complicaciones en el parto. Ella sonrió al doctor y se preparó encomendándose para lo que pudiera pasar. Sintió que la vida se le escapaba a borbotones por la herida. La sangre resbaló profusamente por el borde de la camilla de acero inoxidable, deslizándose entre las baldosas del paritorio. No era posible contener la hemorragia.. Acariciando la cabecita de su hijo recién nacido, notaba el cálido abotargamiento que precede a la inconsciencia. Se fue susurrando palabras de amor, mientras esperaba dulcemente el acontecer inevitable de la muerte. Aquí estoy, ensimismado, analizando la frágil consistencia de mis recuerdos. Veo un niño criado por muchas manos abiertas, por muchas voces extrañamente familiares. Veo expresiones de ternura y tristeza en rostros difusos que me observan, admirándose de cómo me parezco a ella.. Veo a un hombre erguido, serio, esculpido en el claroscuro de la habitación, soportando estoica...

Cuadro infantil.

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Fotografía de Carl Warner . Has pintado las costuras de tu pequeño mundo, mi niña, llenas de sabores color menta. Y en la tormenta de trazos azul oscuro, amarillos y rojos y rocas de nácar y arena. Has dibujado un cielo blando y el sol profundo, y un barco que cruza el océano a toda vela, y en la esquina de tu cuadro, muy juntos, tú y yo, la playa, y un millón de perlas.

Contraluz

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Hoy el mundo está lejos, encuadrado por el marco de la ventana. Apenas se nota el rosal a un paso del alféizar, suspendido como un torrente de lágrimas rojas. Al fondo, callejones largos y rectos anuncian el comienzo del camino. Y más allá de las montañas, invisible frontera, habrá más mundos e infinitos caminos; más callejones largos y rectos sumidos en sombras; un rosal desde la ventana, y alguien observando a través de ella, preguntándose -en celosa intimidad- la mejor manera de encuadrar sus cosas. Y al contraluz de la vida.. pétalos, hojas, espinas y lágrimas rojas.

Puntos de inflexión.

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Tenía 23 años. Recuerdo con claridad esa mezcla de novedad y juventud, como otra piel pegada al cuerpo. Dejar todo atrás y no volver la cabeza. Empezar de nuevo. Tener la vida por delante. Una conversación telefónica transoceánica. Una promesa de alojamiento en el sofá de un piso compartido. Mochila a la espalda, billete de avión y todo lo conocido queda atrás, en la seguridad de la costumbre. Aeropuerto de Singapur, amaneciendo. Andar por la pulcra, brillante terminal buscando la puerta para el nuevo embarque. Ocho horas hasta el próximo vuelo. La mirada de reojo del funcionario mientras sella el pasaporte. Metro, dirección Orchard´s Road. Humedad hasta en los noodles. Aire acondicionado para escapar del agua y el calor irrespirables. Vuelta a la terminal. Un cigarrillo en el único cuarto donde se podía fumar en el aeropuerto, repleto de ejecutivos chinos. Y la cabeza hirviendo de preguntas sin respuestas. Y el corazón lleno de aventuras.

Locos bajitos.

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Decidme, locos bajitos: cuando la alegría no os cabe en el corazón, y en vuestros ojos espejean luces de estrellas... ¿sabéis qué piensan vuestros padres? Lo estúpidos que fueron cuando les parecía imposible negarse a sí mismos.

Perdido.

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Hay un lugar escondido en una sierra del Norte de España al que suelo acercarme siempre que la ocasión lo permite. Abarca unas 5000 hectáreas de robles, hayas y pinos, en frondosa discontinuidad. Cada valle es una sorpresa única e irrepetible, cada senda una invitación a explorar siempre más allá. Tienen nombres sus recodos: la Fuente del Charco, cuya agua proviene de los remotos y serpenteantes vericuetos del subsuelo montañoso; el Haya del Búho, centenario árbol hueco, enclavado en la cúspide del bosque, dominando desde sus ramas ya secas el latido silencioso del valle; las Lagunejas, islas de reposo para los jabalíes y corzos que pueblan las angosturas, susurrando querencias nocturnas; el Roquedal del Musgo, el Camino de las Caballerías, el Sendero Viejo, el Roble Blanco...

Ejército de sueños.

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Yo pensando en mí. Importándome tanto que no tenía hueco para nadie. Tú para ti. Hasta que bailamos a la sombra del árbol de Joshua. Con o sin ti. Y fuimos como dos sarmientos crujiendo en llamas. Nada sin ti. Ahora somos voluntarios en un ejército de sueños.

Horas muertas.

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Este es el árbol que me ha estado protegiendo del sol en mi tiempo de lectura. Miro hacia arriba y escudriño sus ramas. No sólo me cobija a mí. Apenas oculta la actividad de numerosos gorriones persiguiéndose divertidos. Alguna paloma despistada oteando el horizonte. Me he llevado tres libros en un alarde de optimismo, como si las horas pudiesen alargarse a voluntad. En realidad, me ha dado tiempo sólo a uno, “La ciudad de la luz”, cuyo autor es Jesús Sánchez Adalid. Interesante. Para una familia numerosa, las horas, como casi todo, dependen de la dictadura de los débiles.(Ya hablaremos de ello otro día) Alguna vez -principios de verano-, cuando se acerca la hora de la merienda, recogemos los piñones y nos damos un banquete. Primero, vamos a la caza del piñón. Luego, a por las piedras. Los niños se arremolinan alrededor del montoncito de piñones con sus piedras de todos los tamaños y formas, cada uno eligiendo la que consideran adecuada a sus manos. Los mayores ya saben cómo utilizar ...

¿Por qué el sol hace girar a los girasoles?

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Dime porqué los niños pequeños no dicen mentiras y los amantes se regalan flores. Dime, amigo, quién es el que ha puesto cara al reverso de la luna y ha teñido mi otoño de colores. Dime, mientras sigo mi camino, quién ha detenido por un instante el amanecer y ha plantado en el mar un millón de soles. Y dime porqué esta hermosa quietud y el silencio hacen que mi alma desee cantar canciones. No te apures, yo te diré quién es el director y porqué somos espectadores. Lo que respiras en el camino es la belleza, y la belleza, amigo mío.. es un guiño de Dios a los hombres.

Cinco días de playa.

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Me voy con la family a la playa. Cierto es que la arena se mete por rincones inesperados; que las sombrillas son satélites suicidas cuyo objetivo son los ojos del prójimo; que la señora gorda con el transistor a tope imprime un sesgo poco romántico a las puestas de sol; y que no hay nada más insoportable que el sol quemando el colodrillo. Menos mal que nos quedan los castillitos de arena, con el fuerte, sus inmensas torres, el foso inundado de agua salada, y la banderita de España en una playa de Cataluña. ¡¡Qué gozada!!

Chiste

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Hoy mi hijo de cuatro años me ha contado un chiste: Papá, un señor pone una rana en el suelo y le dice: ¡Salta! Y la rana da un salto. Le quita una pata y vuelve a decirle: ¡Salta! Y la rana da un salto. Le quita otra pata y le dice: ¡Salta! Y la rana da un salto. Le quita otra más y le dice: ¡Salta! Y ya la rana no salta. Iluminándosele la cara al crío con una sonrisa grita: Entonces dice el señor: ¡Esta rana debe estar ciega! Hijo mío, sorda, la rana debe estar sorda... no ciega. Desconsolado va corriendo a su hermana de siete años y le espeta: la rana estaba sorda y no ciega; me lo has contado mal y ahora a papá no le ha hecho ninguna gracia...

Mis alas.

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Cuando llegue mi hora, mis brazos serán alas; viajaré mecido por la fresca brisa de la mañana. Rizaré tirabuzones blancos en nubes de plata mientras el sol y el viento acarician mi cara. Volaré con los ojos abiertos: abajo montañas; o quizá navegue despacio sobre mares en calma. No habrá dolor, ni tampoco tormentas extrañas; sólo el amor de quienes he querido me acompaña. Y surcaré libre el cielo, cantando canciones pasadas; me harán cosquillas en el pelo las gotitas de escarcha, y gaviotas serán pasajeros en mi avión de esperanza. Sí, quiera Dios soplar su cálido aliento en mi alma. Quiera Cristo posarme a salvo en su pista dorada. Porque cuando llegue mi hora, mis brazos, (como los tuyos, los tuyos también)...... serán alas.

Rinconcitos.

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Les presento a mi olla-express: aquí mi olla, allí mis sufridos lectores. Tengo tanto cariño a este rinconcito de mi segunda casa, que no puedo menos que presentarles esta pieza tan especial. Ubicada en la repisa de la chimenea y al lado del ventanal adosado al muro, está acompañada por un visillo que, a veces, jugueteando con la brisa, hace cosquillas en las orejas a mi pobre olla. Después de muchos años de servicio intachable a las órdenes candentes de mi bisabuela, ha encontrado la paz. Es cierto que echa de menos los aromas a azafrán y pimienta, los guisos, potajes, y el sonido de los caldos haciendo chup-chup y pfffuiiiii, pero se conforma recordando que nadie como ella sabía trabar las salsas de las alubias o de las patatas. Su misión ahora es guardar en su corazón de metal objetos perdidos. Cuando los habitantes de la casa creen haber olvidado de dónde vienen o porqué están allí, algo les dice -quizá la luz filtrada a través de la ventana- dónde han de mirar: Busca en la olla.....

Algo terrible va a suceder.

Algo terrible va a suceder. Siento cómo se acerca el momento y he de estar preparado. En estos dos últimos meses el caos se ha apoderado del lugar donde habito. Me ha cogido de sopetón, como a un niño sorprendido in fraganti. La pereza, el hastío y la indolencia han causado estragos en mi alma, y no tengo más remedio que esperar constreñido el castigo que merezco. Lo único que puedo hacer en el poco tiempo que me queda es reparar de alguna forma mis pecados. Así que voy corriendo a coger la escoba, el fairy, el limpiasuelos/cristales/baños, poner el friegaplatos, un par de lavadoras, llenar la nevera de productos sanos y dietéticos, hacer la cama y tirar las bolsas de basura. Viene mi family en unas horas y como vea mi mujer la casa así, no hay duda que me asesina. Me veo castigado sin besos una semana. Sobre todo cuando vea el estado catatónico de las plantas del salón.