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Felicitación de Navidad.

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Nuestro pequeño Belén. Aquí es donde todos los años, Dios nace para nuestra familia. Aquí es donde Jesús nace en los corazones de mis hijos, y cada año logra prender en ellos un matiz nuevo y diferente, moldeando sus almas de una forma más completa y adecuada a sus pasos por la vida. Aquí, en nuestra casa, Dios tiene también su pesebre. El Niño nace para salvarnos, y para traer la paz y el sosiego que a veces nos falta entre nosotros, como cuando nos gritamos o peleamos, cuando dijimos aquello que debíamos habernos callado, cuando no pusimos a tiempo un beso en el lugar pertinente o cuando nos fue imposible pedir perdón. Al celebrar el Nacimiento, nos vemos reflejados en la Sagrada Familia como el modelo a seguir todos los días, y en el Niño-Dios como la verdadera razón por la que nuestra existencia tiene sentido. ¡Feliz Navidad a todos!

El corazón.

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Nacho, 4 años recién cumpliditos, observa cómo mi mujer (médico) ausculta el pecho de su hermano pequeño con el fonendo. ¡Mamá, yo también quiero! -Bien, Nacho, escucha... - Uiiii, halaaaaa... Se queda pensativo un momento, y lanza la pregunta: - Mamá, ¿Donde está Jesús? No puedes acostumbrarte a las preguntas de los niños. Como te descolocan, sabes que has de preguntar tú para seguir el hilo de sus pensamientos. -¿Y esa pregunta, hijo? - ¿En qué parte del corazón de mi hermano está? Porque Jesús está en todos los corazones, ¿verdad, mamá?

En Soledad.

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Es de locos. A veces me pregunto porqué me gusta tanto el silencio o la soledad, yo que estoy siempre acompañado. Será por contraste. ¿Crisis de los 40? Mmmm.. todavía no. Ayer hice un viaje relámpago con objeto de recoger parte de equipaje y todas las bicicletas del pueblecillo donde pasamos algunos días del veraneo. Ida y vuelta. Lo justo para cargar y salir, por cuestión de tiempo. Un café. Cuando he pasado por la plaza y la he visto vacía, no he podido contenerme. He aparcado el coche y me he mandado a paseo. Literalmente. Paseo por calles empedradas, desfilando despacio con las manos recogidas atrás y el corazón en las alturas. La vieja Iglesia del siglo XVI me recibe silenciosa, y su sombra me cubre lánguida con cierto aire de nostalgia. Sola y cerrada, los únicos que la acompañan fuera del verano son los álamos, testigos mudos de otra época de esplendor. Sentado en un muro de piedra, observo el conjunto. ¿Y la cámara? Nada. Se queda en mi retina ese ratito de soledad. Un cuadro ...